Para la otra, me tienes que decir si no estás preparado. Es que estuviste ahí como cinco minutos y no decías nada. Entonces no sé si te pusiste nervioso o no lo querías hacer -me decía mi viejo con una cámara de video del '93 y su chaqueta cuadrillé color polilla.
Me quedé callado. Abrí el unomásuno que venía con mermelada de papaya y no pensaba en nada. Con el ruido del recreo me dí cuenta que tenía todavía la chaqueta y la espada con la me podía lanzar contra todos.
No lo hice. Me habría costado mucho hacerlo.
Quizás es porque pensaba que lo que hizo ese señor, de tirarse a un barco lleno de enemigos era estúpido, un suicidio alturista como me enseñaron en las primeras clases de Introducción a la Sociología.
Tocaron timbre para entrar y la Tía Leo me miraba feo. Como si haber dicho frente a todo el colegio "La contienda es desigual pero igual me tiro para que me maten" fuera tan normal para alguien de cinco años. Y no, para mí no lo era.
Dibujando con el lápiz scripto negro ya seco, me acordaba como todos en silencio me miraban para que hablara lo que hoy en todo Chile se habla. Lo que dijo un "Héroe" de la patria.
Al final lo hice igual. Tartamudeando pero bueno, qué mas vá.
"Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su lugar, y os aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!"
Ví como el micrófono se alejaba, como la Tía Leo me miraba ahora con una sonrisa de parvularia y se iba del escenario.
Me ví solo, caminando por la cancha techada, donde todos me miraban. Y ví como mis compañeros me disparaban. Sí, mis compañeros de Kinder que ahora me querían ver morir.
Saqué mi espada de plástico.
Y me tiré en el piso helado, solo y callado.
Hasta que unas leves risas y un tímido aplauso me hicieron levantar.
Santiago, 1996
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jueves, 21 de mayo de 2009
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