
Me acuerdo el primer día que abrieron la linea 4 del Metro. ¡Si hasta olor a Parque Arauco se sentía! y las minas de las boleterías hablablan como aeropueto. Sería la primera y última vez.
Ahora a pesar de todo el huebeo diario estoy acostumbrado.
Acostumbrado a sentir el olor del metro en la mañana tipo ocho, con olor a colonia flaño, crema lechuga y pelo mojado, con el mismo ranking de goles de hace dos semanas por Metro TV. Y llego a Tobalaba, sumándome a la carrera por llegar al ascensor. Piola... entro en el bagón antiguo azul-cuadrado con olor a quemado y llego a los Héroes.
De vuelta es cuático. Tipo seis y media se siente el olor a piel y esa pregunta tan indirecta que me apesta.
¿Baja? -te preguntan con una cara de "si me decís que sí, correte"
Yo les digo que no y no me muevo. Pero después te empujan como si ya hubieran cumplido con su misión de ciudadano educado preguntando amablemente.
Para que decir de las Viejas Michael Jackson que salen a lucir la habilidad justo cuando se van a cerrar las puertas o el metro está lleno dando espalda al bagón y caminando hacia atrás empujando toda la lata de sardinas.
Hace poco me acostumbré, y me dio lata a aceptarlo, a las estatuas-velocez de Tobalaba. La mayoría son señoras de edad con bolsas de multitiendas o trabajadores shorizos que hacen gala de su habilidad para correr desde la Linea 1 hasta la 4 y poner sus pies en la linea amarrilla al borde del andén. Pero todo no queda ahí: mágicamente, justo cuando llega el bagón y se abren las puertas, los que alcanzaron a quedar en la linea amarilla corren a un asiento y se quedan dormidos, el resto de las estatuas-velocez quedan inmóviles en la linea amarilla. Nadie los mueve. Quieren esperar el otro bagón para sentarse. Y así esa plaga dura hasta la noche.
Yo los empujo.
Hace una semana me pasó eso y sin ver a quién empujaba recibí un saludo para mi mamá.
Pide permiso conchetumadre... sí, a vó te hablo hueón -me dijo un trabajador con mochila Lider.
No te digo más hueás porque hay señoras ahueonao...(las señoras no se movían, estaban en proceso de estatuización) quedate ahí nomás hueón -me decía, con los ojos abiertos y serio.
Me reí, me puse en frente de él y lo miré fijo con cara de a punto de pegarle un puñetazo en la cara. Obvio que no lo hice. Bajó la mirada con la misma cara de antes y se volvió una estatua.
Y así pasa de todo, mechones de pelos que caminan en los pasillos del tres, las viejas con bolsas de feria y los nerds universitarios hablando hueás raras.
Yo apoyo mi espalda en las puertas que no se abren, algunas veces leyendo, otras veces conversando con alguien que me acompaña, pero siempre mirando las hueás locas del metro.

